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LOS COMPLEJOS DEL CINE ESPAÑOL A PROPÓSITO DE "LOS ÚLTIMOS DE FILIPINAS" (autor: Francisco Oya)

Artículo publicado en Alerta Digital el 20/12/2016  

La recién estrenada película de Salvador Calvo 1898 Los últimos de Filipinas, nueva versión del célebre episodio histórico de finales del XIX, es una buena oportunidad para reflexionar sobre el cine patrio y su forma de reflejar la sociedad y la Historia de España. El director ha declarado que “politizar el cine y convertirlo en una cosa de los de izquierdas, y que los de derechas estén en contra, no favorece la industria de este país”. Palabras, sin duda, muy sensatas y que no deberían caer en saco roto.

Durante el año 1955 transcurrieron las célebres Conversaciones de Salamanca, en las que reunieron críticos, directores de cine, intelectuales y representantes de organismos del Estado para analizar el cine español en todos sus aspectos: funcionamiento, estructura, bases materiales, creatividad. Juan Antonio Bardem resumió sus conclusiones de la siguiente manera: “El cine español es políticamente ineficaz; socialmente falso; intelectualmente ínfimo; estéticamente nulo; industrialmente raquítico”.

Transcurridos más de 60 años, no cabe duda de que han cambiado bastantes cosas en España, en su cine y en su sociedad. Desde entonces, el cine español ha conseguido 17 premios Oscar, entre ellos 5 a la mejor película extranjera. En total ha habido 20 nominaciones de películas españolas al Oscar a la mejor película extranjera, un número inferior sólo al de dos países: Francia e Italia. Se han consolidado los premios Goya y su gala anual. España ocupa el noveno puesto a nivel mundial en producción cinematográfica, muchas series españolas de tv son exportadas con éxito. Un observador exterior podría deducir que la producción cinematográfica se ha asentado en España y ello debe ser un motivo de satisfacción para los españoles.

Fernando Trueba

Fernando Trueba

Sin embargo, la realidad es que existe una notable crispación en muchos sectores sociales del país hacia el cine español en su conjunto. Hasta el punto que se ha llegado a plantear recientemente un boicot hacia el último trabajo de Fernando Trueba, ganador de un Oscar a la mejor película extranjera en 1993, por poner la guinda a una actitud de la farándula cinematográfica española que viene de lejos con unas declaraciones realmente impresentables, hechas para más inri al recoger el último Premio Nacional de Cinematografía con su correspondiente dotación económica: La palabra que más me gusta es “desertor”. Nunca he tenido un sentimiento nacional. (…) En caso de guerra, yo iría siempre con el enemigo. Qué pena que España ganara la Guerra de Independencia. Me hubiera gustado que ganara Francia. Nunca me he sentido español, ni cinco minutos. Siempre he estado a favor de las selecciones de los otros países.

Si Trueba tuvo la intención de hacer un chiste, como pretendió posteriormente, habrá podido comprobar que no ha hecho ni pizca de gracia. En este caso, además, llovía sobre mojado. Pero, más allá de ejemplos desafortunados, si intentamos elaborar un memorial de agravios de todo el sector, habría que señalar que los pecados del cine español desde la Transición, de sus productores, directores, actores, profesionales diversos, serían:

-Pretender dar una imagen de sí mismo en conjunto como un sector progre, incompatible con visiones conservadoras (“fachas”) del mundo, de España y de la sociedad. Sectarismo ideológico y político, en definitiva, en el cual destaca como elemento esencial una hostilidad visceral hacia la religión católica y un desapego total a cualquier actitud de patriotismo cívico.

-Ser incapaz de mantener una actitud madura y profesional. Por el contrario, promover pataletas y numeritos por motivos puramente ideológicos.

-Tener un elevado concepto de sí (“somos artistas”) y no darse cuenta que un artista cinematográfico sin una industria potente detrás no es nada. Y que la industria no puede depender perpetuamente de la protección del Estado, sino que tiene que elaborar productos capaces de interesar a un público amplio si quiere sobrevivir a la larga.

-Considerar que el Estado tiene la obligación de subvencionar sus productos, sin que esto deba implicar control ni responsabilidad de ningún tipo para con la sociedad española.

-Ser incapaz de aprovechar un mercado potencial de más de 500 millones de espectadores hispanohablantes.

Por sintetizar la situación a la manera de Juan Antonio Bardem, para muchos españoles de hoy el cine nacional es ideológicamente sectario; políticamente pernicioso; psicológicamente inmaduro; patrióticamente ofensivo; socialmente irresponsable; moralmente repulsivo.

El cine de Historia

Charlton Heston, en su legendario papel de Rodrigo, El Cid.

Charlton Heston, en su legendario papel de Rodrigo, El Cid.

En lo que se refiere al género de las películas históricas como la que nos ocupa, tanto si narran hechos estrictamente históricos como si son ficciones ambientadas históricamente, hay que señalar que se prestan a reconstrucciones espectaculares, llevando al espectador a un fascinante viaje en el tiempo, imposible de realizar de otra forma. Es una de las claves de su éxito, ya desde los primeros tiempos de la Historia del Cine. Películas como El nacimiento de una nación de David W. Griffith (1915), El Acorazado Potemkin de S. Eisenstein (1925) o La pasión de Juana de Arco de C. T. Dreyer (1928) son una buena muestra.

Este cine puede ser entonces una forma muy agradable de conocimiento de la Historia, por lo cual resulta un recurso muy utilizado por cualquier profesor para ilustrar sus clases. La versión de la Historia que se muestra en las pantallas tiene, de hecho, más trascendencia que cualquier sesudo libro de ilustres historiadores. Millones de personas han visto El Cid de Anthony Mann (1961), pero muy pocos, comparativamente, han leído La España del Cid de Menéndez Pidal. Por ello los gobiernos suelen preocuparse de que las películas sobre Historia nacional ofrezcan una versión adecuada de los acontecimientos y de la imagen del país. Especialmente las producciones nacionales, puesto que las extranjeras resultan más difíciles de condicionar.

En ocasiones, hay películas que pueden considerarse la visión canónica de la Historia que se relata, según los intereses oficiales de un país. A menudo realizadas pensando en la conmemoración de un acontecimiento. Ejemplos de ello serían Lincoln (2012) de S. Spielberg, Octubre (1928) de Eisenstein o la película francesa Historia de una Revolución (1989) de Enrico y Heffron.

Por otro lado, la realización de películas incómodas para el establishment político de un país, puede suponer, en aparente paradoja, una publicidad positiva, por la liberalidad y carácter democrático del país que permite planteamientos críticos sobre su propia Historia en películas populares realizadas por su industria cinematográfica nacional. Por ejemplo, Agenda Oculta (1990), de Ken Loach, sobre el conflicto en Irlanda del Norte, o Platoon (1986), de Oliver Stone, sobre la Guerra de Vietnam. Pero muchos profesionales del cine, célebres por sus planteamientos críticos, son lo bastante cautos como para nadar y guardar la ropa. Y acostumbran a dar una de cal y otra de arena, con la finalidad de no buscarse la enemistad de ningún sector influyente del espectro político.

El propio Oliver Stone, después de sus películas sobre la Guerra de Vietnam y sus documentales sobre Fidel Castro, dirigió Ward Trade Center (2006), durante la presidencia de Bush, a mayor gloria de los mártires y héroes del 11 S en Nueva York. O la actriz y productora Susan Sarandon, conocida por su apoyo a los “indignados” norteamericanos y diversas causas progres, junto a su marido Tim Robbins. Ambos han estado de lo más modosito, políticamente hablando, cuando han hecho acto de presencia en la ceremonia de entrega de los Oscar. Y eso que alguna estridencia de carácter ideológico se considera parte del espectáculo en estos casos.

Cine y poder blando

Uno de los aspectos no menos interesantes del cine es que se trata de una de las principales armas con que cuenta un país, en nuestros días, para ejercer lo que se ha dado en llamar poder blando: alcanzar los propios objetivos nacionales no por la fuerza, sino por la atracción y la persuasión. No es casualidad que la primera potencia del siglo XX, Estados Unidos, sea el mayor productor mundial de cine, tanto cuantitativa como cualitativamente, si consideramos los logros de la industria cinematográfica norteamericana y su influencia a nivel mundial en aspectos como conocimiento del país, sus ciudades, su Historia, sus grandes figuras, influencia en costumbres, vocabulario, modas, gestualidad, concepción del mundo y la sociedad.

Por este motivo, no es adecuado promover la marginación del cine español y empujarlo a la desaparición. Ello iría claramente en contra de los intereses generales de España, atacaría nuestra identidad como nación y nos reduciría a una colonia cultural en muchos sentidos. Ahora bien, ¿el cine español está cumpliendo adecuadamente lo que se espera de él en lo que a fortalecer el poder blando del Estado español se refiere? ¿Cómo se ha llegado a la situación actual en la que, precisamente los sectores de la sociedad española más interesados en una promoción patriótica de la imagen de España, a nivel nacional e internacional, abominan del cine español?

Al contrario que los progres de Hollywood, quienes conocen perfectamente el terreno que pisan, los actores españoles parecen creer que el mundo entero está para reír sus gracias y admirar extasiados la nobleza de las causas que apoyan. Como cuando Javier Bardem se manifestaba en Madrid -en los viejos tiempos del No a la guerra- gritando a voz en cuello: ¡Esto nos pasa, por un gobierno facha! Javier Bardem y Penélope Cruz firmaron el año pasado un texto en el que se condenaba el “genocidio practicado por el Estado de Israel sobre el pueblo palestino”. Sin entrar a valorar ahora el conflicto de Oriente Próximo, lo que está claro es que Bardem y Cruz no parecían haberse enterado de que Hollywood es un coto del lobby judío. O tal vez si, y pensaban que podrían hacer allí lo mismo que en España: morder la mano que te da de comer, en expresión de Gary Oldman a propósito del asunto. Ante el aluvión de corrosivos ataques, Bardem y Pe tuvieron que recular con el rabo entre las piernas. El problema es que no sólo han actuado contra sus propios intereses en la Meca del cine, sino que han perjudicado gravemente la imagen de España.

Así, el productor judío Ryan Kavanaugh llamó “ignorantes y antisemitas” a la pareja, añadiendo que España es un país “en alerta roja” por su antisemitismo. “Todos los judíos que creen que otro Holocausto es imposible deberían visitar España”. El texto de marras fue firmado también por Almodóvar, pero el manchego últimamente no se mueve por los círculos de Hollywood y pudo evitar el chaparrón. El mismo Almodóvar que dijo el año 2004, después de los atentados del 11 M, que el PP “estaba preparando un golpe de Estado” y se quedó tan ancho. ¿Alguien se imagina a un director norteamericano revelando a la prensa que sabe de buena tinta que los tanques van a aparecer de un momento a otro por la Quinta Avenida de Nueva York? Las carcajadas se oirían desde Marte. Lástima que la locuacidad de Almodóvar no se extendiera a informar al público del destino de sus ahorrillos en paraísos fiscales y tuviéramos que enterarnos por los Papeles de Panamá.

Pero la gente del cine español no sólo alardea de su progresismo a nivel individual, esto sería respetable, pues cada cual es muy libre. El problema es que tienden a actuar como un bloque, rechazando y descalificando a todo el que discrepe de sus posturas ideológicas, especialmente cuando se encuentran en su salsa. El espectáculo del “No a la guerra” se lo montaron al gobierno del PP en la gala de los Goya por la Guerra de Irak, pero se cuidaron mucho de hacerlo al posterior gobierno zapateril por la Guerra de Afganistán. Practican el pim pam pum con cualquier ministro de cultura del PP que se atreva a asomar la nariz a la gala de los Goya, pero miman a los del PSOE y se extasían cuando aparece por allí el camarada Pablo Iglesias vestido de pingüino.

La situación es muy diferente en Hollywood. Allí cuando alguien del mundo del espectáculo desea dar la nota ideológica, lo hace por su cuenta y riesgo, sabiendo a lo que se juega. Marlon Brando denunció en unas declaraciones que los guionistas introducían en las películas términos despectivos para referirse a negros o hispanos -lo que sería en nuestra lengua negrata o sudaca- pero nunca se escuchaba el equivalente para referirse a los judíos. La respuesta fue de una virulencia brutal: Marlon Brando fue tildado de racista y nazi. Anteriormente, en 1973, había enviado a una nativa india a la ceremonia de los Oscar para rechazar la estatuilla que se le había concedido por El Padrino, rechazo que fundamentó en la mala imagen que Hollywood dio siempre de los indios norteamericanos. Vanessa Redgrave, cuando recogió su Oscar en 1978, denunció la campaña contra ella de diversos grupos sionistas a causa de su simpatía por la Organización para la Liberación de Palestina. Con ello consiguió soliviantar al patio de butacas, obteniendo división de opiniones: algunos apoyos y críticas feroces. Pero en ninguna ocasión la gala de los Oscar ha sido un aquelarre colectivo progre, como sucede en los Goya

Cine e ideología. La corrección política

Como en estos momentos -no así en el pasado- no hay nada más progre y de izquierdas que la promoción de la homosexualidad y del matrimonio entre dos individuos del mismo sexo, en el escaparate del cine español que es la Gala de los Goya aparecen premiados dedicándoselo a su chico, algo ante lo que todo el mundo, se supone, tiene que sonreír y poner buena cara. Previamente el cine de Almodóvar, de indudable impacto internacional, había llenado sus películas de travestones, yonquis, prostitutas y fumetas, hasta el punto de haber difundido un nuevo typical spanish que -como señala el crítico británico Paul Julian Smith- poco tiene que ver con la realidad de nuestro país. Tampoco ha perdido ocasión Almodóvar, en películas y en declaraciones personales, de poner verde a la Iglesia Católica con los clichés canónicos del buen progre ilustrado: abusos sexuales, pederastia, oscurantismo ideológico, hipocresía…

Paradigmática es, en este sentido, La mala educación (2004). Por lo demás, es un hecho que el impacto internacional del cine de Almodóvar procede en buena parte de ser uno de los más entusiastas difusores de la ideología LGBT en el mundo del cine. Pero es un director claramente sobrevalorado. Junto a algunas películas excelentes como Mujeres al borde de un ataque de nervios (1988) o Volver (2006), ha ofrecido auténticos tostones con pretensiones trascendentes tipo Los abrazos rotos (2009) y comedias penosas, por lo ridículo, como Los amantes pasajeros (2013). De esta última, escribió el crítico Carlos Boyero: “Lo que más le interesa es hablar de pollas hasta la extenuación, de la bisexualidad como regla infalible y generalizada del deseo en hombres y mujeres, del supremo placer que se pierden los hombres si los de su género no les han comido los genitales con inigualable arte. Se supone que en algún momento semejante acumulación de dislates con pretensiones libertarias y surrealistas va a conseguir su sagrado objetivo. O sea, que te rías”.

Almódovar, en un acto de apoyo a Zapatero.

Almódovar, en un acto de apoyo a Zapatero.

Pero no hay forma. Almodóvar siempre ha contado con un apoyo total de los medios de comunicación y del sector progre mayoritario de la cultura en España. Lo cual, unido a su talento para la mercadotecnia, le ha permitido sacar adelante cualquier producción que se haya propuesto, aun las más sonrojantes. Tampoco Almodóvar ha hechos ascos jamás a una subvención pública, en perjuicio de las jóvenes promesas, a pesar de ser un cineasta consagrado desde hace más de 20 años que cuenta con su propia productora, El Deseo S.A. Pero como la felicidad completa no existe, Almodóvar ha encontrado una china en su zapato con las ácidas críticas de Carlos Boyero en las páginas de El País, periódico emblemático de la progresía que, por lo demás, siempre le ha dado una amplia cobertura, al considerarle uno de los suyos.

La histérica reacción de Almodóvar en mayo de 2009 incluyó el calificativo de las crónicas de Boyero como “periodismo basura”, definir el estilo de Borja Hermoso -jefe de la sección de Cultura de El País- como “macarra”, considerar que El País nunca los debería haber enviado al festival de Cannes y comparar a ese diario con la COPE -el no va más de la descalificación, en su mentalidad. La verdad es que para considerarse a sí mismo el faro del progresismo y la democracia en España, Almodóvar ha demostrado tener nula capacidad para encajar las críticas, ni siquiera el fuego amigo. No fue esa la única pataleta. Como represalia por la falta de reconocimiento en los premios Goya de su película La mala educación (2004), Almodóvar se dio de baja como miembro en la Academia Española de Cine, no reingresando hasta 7 años más tarde, el año 2011.

En 2007, Almodóvar se negó a acudir a la gala de los Goya, donde triunfó su película Volver, lo que le valió las abiertas críticas del actor Viggo Mortensen – nominado como mejor actor- por la “notable y posiblemente calculada ausencia del multinominado Almodóvar, que esperó hasta después de las votaciones para anunciar que no venía”, añadiendo que no entendía como el director español “pueda consistentemente faltarle el respeto a la Academia y al público español, que tanto cariño y reconocimiento le han dado a través de los años”.

En todas estas ocasiones, Almodóvar ha mantenido una actitud de desquiciante victimismo. Se quejó de una “histórica falta de generosidad” por parte de la Academia Española hacia su cine, para justificar su baja en la Academia y sus ausencias de la gala de los Goya. Y ello a pesar de ser el director más galardonado en la Historia de los premios Goya: 7 candidaturas y 3 premios a la mejor película, 8 candidaturas y 2 premios como mejor director, 7 premios individuales en total (2 como mejor director, 1 como mejor guionista, 3 al productor/mejor película, 1 al productor/mejor película Iberoamericana). Ha afirmado varias veces que se siente más valorado y mejor comprendido en el extranjero que en España. Aunque en nuestro país ha recibido, aparte de los 7 premios individuales de la Academia Española del Cine, el Premio Nacional de Cinematografía (1990), 2 medallas del Círculo de Escritores Cinematográficos (2006) y el Premio Nacional Príncipe de Asturias de las Artes (2006), además de tener una estrella en el Paseo de la Fama de Madrid. No es suficiente para nuestro genio de la cinematografía, por lo visto. Estas actitudes denotan una absoluta inmadurez psicológica, con abundantes pataletas de niño consentido. Después de afirmar en marzo de 2004 que el PP habría preparado un golpe de estado, no tuvo más remedio que pedir disculpas ante las reacciones suscitadas, entre ellas el anuncio una querella del PP que, finalmente, no se presentó. Almodóvar declaró entonces que él era sólo un artista y que lo suyo no era la política. Es decir, algo parecido a lo que declaró Penélope Cruz (No soy una experta en esta situación) para aplacar las críticas en EE. UU por calificar al Estado de Israel de genocida y que le valieron el calificativo de tonta de la semana. Como soy un artista, parece querer decir Almodóvar, se me tiene que perdonar cualquier estupidez o calumnia que diga.

Penélope Cruz y Javier Bardem.

Penélope Cruz y Javier Bardem.

Hay que señalar que el cine español, y buena parte del internacional, no desea tanto reflejar la realidad de la sociedad como ofrecer ideología susceptible de promover ingeniería social en un sentido bien determinado. Se suministra así un cóctel de marxismo, ideología de género, anticlericalismo, hedonismo individualista y paganismo “new age”, como señala Juan Orellana. Hay que decir que los separatistas catalanes fueron pioneros en promover el adoctrinamiento en su particular ideología por medio de la escuela y los medios de comunicación, a partir del momento en que el estado central hizo dejación de su responsabilidad en Cataluña. Lamentablemente para ellos, nunca consiguieron crear una industria cinematográfica bajo su férula. Posiblemente es uno de los pocos terrenos que no ha podido dominar, aunque siguen intentándolo. Señalemos de pasada que la izquierda del resto de España parece haber aprendido la lección de los separatistas catalanes en su control implacable de la enseñanza, y están promoviendo también el adoctrinamiento en la escuela con la complicidad del PP, especialmente en la Comunidad de Madrid, en línea con el cóctel ideológico antes aludido.

Historia y épica

Retrato de Hernán Cortés

Retrato de Hernán Cortés

Volviendo a las producciones de tema histórico, no deja de ser sorprendente que una Historia tan extraordinaria como la de España no haya dejado demasiadas huellas dignas de recordar en el cine nacional. Si uno quiere ver escenas con auténtico aliento épico inspiradas en hazañas de navegantes, militares o religiosos españoles es preciso acudir inevitablemente a cineastas extranjeros. Muy sugerentes son, en este sentido, El Cid (1961) de Anthony Mann, La Misión (1986) de Roland Joffé o 1492 La conquista del Paraíso (1992) de Ridley Scott. Por el contrario, las aproximaciones de directores españoles resultan aburridas, insulsas, deslavazadas y denotan la interiorización acomplejada de enfoques negrolegendarios absolutamente superados por la historiografía científica española o extranjera.

El cineasta Carlos Saura

El cineasta Carlos Saura

En este sentido, resulta paradigmática El Dorado (1987) de Carlos Saura. La película narra las vicisitudes de Lope de Aguirre, singular y peregrino personaje que había inspirado la novela de Ramón J. Sender La aventura equinoccial de Lope de Aguirre (1964) y la brillante película de Werner Herzog Aguirre, la cólera de Dios (1972). Con un fastuoso presupuesto, Saura rodó un soberano tostón en clave desmitificadora, es decir, presentando a los conquistadores españoles como auténticos facinerosos, narrando truculencias y añadiendo de su cosecha a un Fernando de Guzmán homosexual. No ha habido manera de que el cine español se atreva con Hernán Cortés o Francisco Pizarro, por ejemplo. Hace 10 años surgió la posibilidad de una película sobre Hernán Cortés – El Conquistador- que iba a ser protagonizada por Antonio Banderas. Pero era un proyecto básicamente mejicano que, finalmente, tampoco llegó a cuajar.

El director norteamericano Mel Gibson desarrolla en su película Apocalypto (2006) una narración intensa y una descripción fascinante de la civilización maya, sin escatimar realismo y brutalidad en la descripción de los sacrificios humanos. Con todos los diálogos exclusivamente en lengua maya. El protagonista es un prisionero de otra etnia que va a ser sacrificado en una ceremonia, al igual que otros miles de desgraciados. La película es básicamente el relato de su fuga y persecución a través de la selva. No hay alusión a la presencia española hasta la escena final: el protagonista contempla asombrado el desembarco de soldados españoles, acompañados de misioneros, con las carabelas al fondo. Y a la pregunta de la esposa (¿Debemos ir hacia ellos?) responde “Debemos buscar un nuevo comienzo”.

Las grandes civilizaciones prehispánicas ejercían una presión brutal sobre las otras etnias del continente americano, a las que diezmaban en siniestras ceremonias con miles de sacrificados, tal como se muestra en la película. Cuando los conquistadores españoles entraron en escena, como Hernán Cortés en Méjico, encontraron en esos grupos sojuzgados unos colaboradores bien dispuestos. La ciudad de Tlaxcala fue el principal aliado de Cortés en su lucha contra el imperio mexica o azteca, aportando miles de soldados, pero también Cholula, Tetzcoco, Chalco y las ciudades totonacas. Sólo así se explica que los 400 soldados españoles al mando de Cortés pudieran vencer a un imperio de 15 millones de personas que podía poner en pie de guerra decenas de miles de combatientes. La destrucción del imperio azteca es la liberación de los pueblos de Méjico. Y los españoles asumirán, allí y en toda América, una política de mestizaje cultural y de sangre, situando los virreinatos americanos al mismo nivel de desarrollo que la península. Como dice la inscripción en la Plaza de las Tres Culturas de la ciudad de Méjico sobre la victoria de Hernán Cortés: No fue triunfo ni derrota, fue el doloroso nacimiento del pueblo mestizo que es el Méjico de hoy. Es el Nuevo Comienzo al que alude la escena final de Apocalypto.

María, junto a uno de los discípulos de Jesús (escena del film La Pasión, de Mel Gibson).

María, junto a uno de los discípulos de Jesús (escena del film La Pasión, de Mel Gibson).

Por contraste, la colonización anglosajona se constituirá en un imperio depredador, rechazando los matrimonios mixtos, relegando a la población autóctona en reservas y siguiendo una política de exterminio. Mel Gibson ha conseguido con esta escena de tres minutos más profundidad y más poder de sugestión sobre la acción de España en América que todo el cine español de los últimos 40 años.

La situación general es especialmente lamentable, repito, con una Historia tan brillante y espectacular como la de España, sobre todo en la etapa de la Edad Moderna. Pues el cine histórico sobre temas nacionales puede ser un arma formidable para la acción exterior de un estado y la proyección internacional de un país. También puede contribuir poderosamente a incrementar una saludable autoestima colectiva y a estrechar los lazos de cohesión y solidaridad entre los ciudadanos. Pero el tratamiento habitual en el cine español está basado en la interiorización de la Leyenda Negra, es decir, la propaganda política de los enemigos internacionales de la monarquía española del siglo XVI -absolutamente desacreditada por la historiografía científica contemporánea-, así como en las valoraciones más melodramáticas sobre el Desastre del 98 y un antifranquismo de brocha gorda para épocas más recientes. Y sólo lleva a visiones negativas, autoflagelantes, destructivas y, por lo demás, irreales sobre España, lastrando la cohesión del país y su imagen internacional.

Una película fallida

A priori, pocas historias podrían ser más aptas para un tratamiento épico que los 50 soldados españoles que en 1898 se atrincheran durante casi un año en la iglesia de El Baler -sin saber que la guerra ya ha terminado-, infligiendo 700 bajas al enemigo y pasando a la Historia como los últimos de Filipinas. De entrada, se echa a faltar una introducción histórica para situar al espectador en el contexto de la época, especialmente para los más jóvenes, que han tenido que padecer la educación LOGSE y lo desconocen casi todo de la Historia de España. Pero lo más decepcionante es que la película de Salvador Calvo exhibe, una vez más, los complejos que impiden al cine español de la democracia construir una narración épica con materiales tomados de la Historia de España o hacer una aproximación al hecho religioso que vaya más allá de la hostilidad, la caricatura o el sarcasmo. El teniente Saturnino Martín Cerezo es presentado como un ordenancista puntilloso, el cual prefiere sacrificar a sus hombres antes que superar sus dudas sobre la fiabilidad de las noticias del fin de la guerra. Total, él tiene poco que perder, pues han muerto recientemente su esposa y su hija. En el fondo no es más que un amargado con un frenesí destructor de todo lo bueno y bello que ofrece la vida. Por ese motivo es capaz de disparar sobre la hermosa muchacha filipina en el preciso momento en que ella entona la fascinante habanera Yo te diré. Los desertores son unos buenos y razonables muchachos que no tienen más remedio que intentar escapar ante la irracionalidad de su comandante, el cual no se atreve a fusilarlos a pecho descubierto y ordena que se les mate clandestinamente, contra toda legalidad. Incluso pretende obligar al oficial médico del destacamento a que los incluya en la lista de fallecidos por el beri beri, lo que éste rechaza indignado, a la vez que echa en cara a su comandante que sea incapaz de asumir su responsabilidad con un mínimo de gallardía. La misma clave desmitificadora, pues, utilizada por Carlos Saura en su aproximación a las glorias de la Conquista de América. Al menos en este caso no han transmutado al teniente Martín Cerezo en un homosexual.

El párroco de El Baler, el joven franciscano de 29 años Cándido Gómez -Carreño, es transformado en la película en un fraile sesentón (Karra Elejalde), con un interés notable en el soldado Carlos (Álvaro Cervantes), magnífico dibujante. Las risitas que le prodiga, el tono melifluo y confidencial, las invitaciones a tumbarse a su lado para compartir una pipa de opio hacen inevitable en el espectador la sospecha de que su interés en Carlos va más allá de conseguir que le termine de pintar la capilla. Pero no contento con convertir al párroco en un homosexual solapado y fumeta de consideración, el guionista pone en su boca consideraciones teológicas singulares: “Nuestro paraíso cristiano es muy aburrido, una mierda, no como el de los musulmanes, con sus bellas huríes”. Vaya, que no hay nada como el Islam. ¿Para qué nos habremos empeñado en una Reconquista de 7 siglos? El fraile resulta el retrato robot ideal del perfecto progre: homosexual, fumeta y proislámico. Así, hasta le podemos perdonar que sea fraile.

También encontramos elementos históricamente anacrónicos. Se colocan en labios de los soldados expresiones que denotan escepticismo religioso generalizado (¿Dónde está Dios?), absolutamente improbable en la época. Y no digamos del gratuito ¡A la mierda España! que pronuncia el sargento Jimeno (Javier Gutierrez): antipatriotismo fomentado en la España de 2016, no en la de 1898. No vamos a negar sus virtudes a la película. Los actores están convincentes, la puesta en escena es magnífica, la reconstrucción de la iglesia absolutamente creíble. Y hay escenas emocionantes. como la guardia de honor ordenada por el comandante filipino a la salida de los españoles y su saludo al teniente Martín Cerezo: Han sido 4 siglos. Pero la corrección política del guión, el interés en introducir un veto a la religiosidad y al patriotismo echan a perder completamente la película, inhabilitándola como lección de Historia y como estímulo para el presente.

En definitiva, Salvador Calvo ha conseguido integrar la clave desmitificadora de Saura para tratar las glorias históricas de España con los clichés progres, en contra de la Iglesia, de Almodóvar. No se le puede pedir más al chico en su debut como director. Casi al mismo tiempo que 1898 Los últimos de Filipinas, se ha estrenado en España la película de Mel Gibson Hasta el último hombre. Y el contraste no puede ser mayor. Gibson demuestra, una vez más, que él si entiende la épica y sabe plasmarla eficazmente en imágenes. Al mismo tiempo, refleja de modo adecuado la importancia de las convicciones religiosas en el comportamiento humano frente a las caricaturas imperantes en el cine español.

El cine español en la encrucijada. Alternativas al modelo dominante

Facu Díaz, junto a Pablo Iglesias, en la gala de los Goya

Facu Díaz, junto a Pablo Iglesias, en la gala de los Goya

Lamentablemente, la tendencia dominante en nuestro cine es la anteriormente descrita. Pero no está condenado a perpetuar este modelo hasta el fin de los tiempos, y de hecho hay también ejemplos que intentan apartarse de él. Por ejemplo, Gerardo Herrero se atrevió a transitar por un auténtico campo de minas como es la misión de la famosa División Azul en Rusia durante la 2ª Guerra Mundial en Sangre en la nieve (2011). Lo hace en forma de thriller, convincentemente ambientado, rodaje en Lituania incluido. No hay aquí tintes épicos -en este caso tal vez hubiera sido pedir demasiado, dado el panorama actual del cine español- pero sí un tratamiento normal, correcto y respetuoso, sin la carga habitual de revanchismo y frenesí por vapulear los valores del extinto régimen de Franco. Lo habitual en el cine español de la democracia, cuando ha habido que tratar cuestiones relacionadas con la época del franquismo, ha sido aplicar ese dicho tan español: A moro muerto, gran lanzada.

Otro ejemplo interesante ha sido Alatriste (2006), de Agustín Díaz Yanes. En este caso, se trataba de reflejar la España del Siglo de Oro, en función del personaje creado por el novelista Pérez-Reverte. El resultado es solvente, con un arranque magnífico, buena ambientación y presupuesto holgado, que el director ha sabido aprovechar. La película busca un tono crepuscular, muy adecuado para la época: segunda mitad del s XVII. La escena final narra la batalla de Rocroi (1643), con la derrota de los Tercios que precede al período posterior de hegemonía francesa.

En la realidad histórica, Rocroi no fue una derrota tan apabullante, ni mucho menos. Pero la película la toma como signo visible de la pérdida de la hegemonía española. No hay pues, una exaltación épica triunfal, pues a fin de cuentas la película va narrando el camino hacia una heroica derrota final. Pero se refleja eficazmente la grandeza del siglo de oro español y el heroísmo de sus soldados, cuando ya reman contra la corriente. En su debe, la película adolece de un guión algo confuso, producto de haber querido comprimir demasiadas historias y situaciones de diversas novelas de Pérez-Reverte.

En la gala de los Goya del año 2007, la película de Elías Yanes estuvo emparejada en cuanto a nominaciones con Volver, precisamente de Almodóvar: 15 nominaciones para Alatriste contra 14 para Volver. Pero finalmente el cine español eligió reafirmar el modelo Almodóvar, que se llevó 5 premios, entre ellos los de mejor película y mejor director. Alatriste tuvo que conformarse con sólo tres premios menores: mejor dirección artística, mejor dirección de producción y mejor diseño de vestuario. La decisión se vio ratificada con la selección de Volver para representar a España en la carrera hacia los Oscar de ese año. En definitiva, la Academia Española de Artes y Ciencias Cinematográficas respaldó un modelo de cóctel ideológico almodovariano frente a una alternativa interesada en mostrar al público español e internacional, sin acritud, la Historia de España en sus momentos constitutivos más relevantes, en películas realizadas con empaque y solvencia. Cinco años más tarde, la película de Gerardo Herrero fue absolutamente ignorada en los reconocimientos anuales de la Academia.

Francisco Pizarro

Francisco Pizarro

Otras películas históricas interesantes son El maestro de esgrima (1992), de Pedro Olea, interesante y bien trabada narración basada en una novela de Pérez Reverte y ambientada en la España de la Revolución de 1868. O Sangre de Mayo (2008) de José Luis Garci, cuya acción se desarrolla durante la Guerra de Independencia (1808). En este caso, aunque se trata de una obra muy correcta, las escenas de violencia carecen de la garra y la espectacularidad necesarias para un tema como este. Por el hecho de haber recibido una subvención del gobierno de la Comunidad de Madrid, presidido entonces por el Partido Popular de Esperanza Aguirre, fue maltratada por cierta crítica y se pusieron trabas a su distribución internacional por parte del Instituto de la Cinematografía y de las Artes Audiovisuales (ICAA), dependiente del Gobierno socialista de Zapatero. Es decir, se malogró a conciencia la trayectoria comercial de una buena película por sectarismo político. El hecho no dejaba de ser delirante e incomprensible fuera de nuestras fronteras. Una película conmemorativa de unos hechos clave en la época contemporánea de España, encargada a un director reconocido con el Oscar, financiada por una administración del Estado, es boicoteada por otra administración del Estado y convertida en pasto de una polémica partidista de andar por casa. Mientras este tipo de películas -y el cine en general- no sean enfocadas como una cuestión de Estado, al margen de miserables polémicas ideológicas, ni el cine español crecerá, ni será asumido como propio por todos los españoles, ni les ayudará a entender su propia Historia, ni fomentará la conciencia de unidad y solidaridad entre los ciudadanos, ni será un instrumento de promoción de la imagen de España en el mundo.

Y aquí no hay más remedio que referirse al caso particular de la izquierda en España, tal vez la única izquierda en el mundo que odia mayoritariamente a su propio país. No al régimen – ¿cómo podría justificar el odio a la democracia?- sino a la Nación española. La izquierda en Francia es patriota, así como en Italia o Alemania. Pero en España no. Evidentemente, no estamos hablando de nacionalismo, cosa muy diferente, sino de un patriotismo cívico, el vínculo de unión más eficaz para establecer solidaridad entre millones de personas no unidas por lazos familiares e integradas en un estado. No podemos entrar ahora en el análisis de esta peculiar y absurda característica de la izquierda española, baste señalar que al cine español le cuesta mucho hacer planteamientos épicos y patrióticos partiendo de la Historia de España porque está muy vinculado ideológicamente a la izquierda. Y la izquierda española tiene, por oscuros motivos, una absoluta frigidez patriótica.

Homenaje a Blas de Lezo en Cartagena de Indias.

Homenaje a Blas de Lezo en Cartagena de Indias.

Sin embargo, ese tipo de cine sobre la Historia de España, realizado con equilibrio y ponderación, tiene una gran aceptación entre el público español, como demuestra el éxito de las películas que hemos ido comentando. Tiene además la virtud de reconciliar con el cine de su país a los sectores que se sienten agredidos por el cóctel ideológico. Por lo demás, es un tema apenas explorado, como vimos. No hay ni una sola película sobre Hernán Cortés, Francisco Pizarro o el ataque inglés a Cartagena de Indias y su rechazo por Blas de Lezo. Se trata de temas de Historia común, compartidos con toda la comunidad iberoamericana de naciones, igual que la lengua española. Un mercado potencial de más de 500 millones de personas, que el cine español ha desatendido alegremente hasta ahora.

¿Será capaz el cine español de abordar estas temáticas con los medios y el espíritu adecuados? ¿Tomará medidas para evitar que una parte sustancial de la ciudadanía se siga sintiendo ofendida con sus producciones, con sus actitudes y con sus comentarios? ¿Podrá tomar distancia del cóctel ideológico general -que incluye el antipatriotismo y la hostilidad a la Iglesia- de la izquierda española? ¿Conseguirá crear un amplio mercado de cine en lengua española que incluya a la comunidad de países iberoamericanos? De una respuesta positiva a estas cuestiones puede depender su supervivencia a largo plazo. Como hemos visto, hay ejemplos esperanzadores, aunque no sean la corriente mayoritaria. A los que se podría añadir el éxito obtenido, a nivel nacional e internacional, con unas muy apreciables cintas de terror, un género con escasos precedentes en España antes de los años 90. Si al final fracasa, todos saldremos perdiendo, y España también: el Estado y la Nación.

Para terminar, quisiera proponeros, queridos amigos de la farándula que me estáis leyendo, unas sugerencias para próximas ediciones de la Gala de los Goya, con vistas a equilibrar los numeritos del No a la guerra, que tantos sarpullidos han levantado. Si queréis mantener una actitud respondona, no hay problema. Os sugiero unos cuantos eslóganes: ¡POR EL DERECHO A LA VIDA! ¡CONTRA LA OPRESIÓN DE LA MUJER POR EL ISLAM! ¡SOLIDARIDAD CON LOS PRESOS DE VENEZUELA! ¡POR LA LIBERTAD EN LAS PETROMONARQUÍAS DEL GOLFO! ¡CONTRA LAS MULTINACIONALES DEL ABORTO! ¡SOLIDARIDAD CON LOS CATÓLICOS PERSEGUIDOS EN CHINA! Podéis repartir pegatinas con estos lemas y presentaros a recoger vuestro premio con una camiseta en la que haya estampada la foto de un feto 6 meses abortado por Planned Parenthood. Y por los del PP no os preocupéis: al ministro que acuda le dará un ataque, seguro.

Y para la próxima edición de los premios Goya, propondría que no asista el ministro de Cultura sino el de Industria. Y no sólo para aguantar las gracietas de los presentadores con sonrisa de circunstancias y para escuchar resignadamente las peticiones de ayuda al sector. Sino para cerrar el acto con un discurso en el que conteste a las demandas, haga su propio análisis de la situación y plantee las peticiones del Gobierno a la industria del cine con vistas a elaborar una estrategia efectiva.

Francisco Oya Cámara
Responsable del área lingüística de Espanya i Catalans